La praxis revolucionaria tiene, además, otras dos razones de fondo aparte de la anterior. Una es la de ayudar a que ese conocimiento requisado a los dioses sea efectivamente desarrollado y aplicado. Aquí se diferencia la praxis revolucionaria de la reformista: la segunda se limita a interpretar la realidad con grandes aspavientos y elocuencia teatral, pero sin transformarla, dejando las cosas quietas, atadas y sometidas al poder. A lo sumo que llega el reformismo es a implorar y rogar ciertos cambios, mejoras parciales e insustanciales, de modo que se cumpla la táctica de cambiar algo para que nada cambie. La primera, la praxis, por el contrario, sabe que el conocimiento no sirve de nada si no hay una mano que lo aplique, una huelga que lo mejore, una lucha de liberación que lo supere y confirme al superarlo, ampliándolo y divulgándolo. Se trata de pasar de la muy limitada capacidad resolutiva del arma de la crítica oral a la plena capacidad resolutiva de la crítica material por las armas. En última instancia siempre concluimos en el problema del poder opresor, de su monopolio de la violencia y de la necesidad de las y los oprimidas/os de dotarse de sus instrumentos propios e independientes de violencia defensiva.
La otra razón de la praxis consiste en ayudar a que no se anquilosen las conquistas y logros que tanta sangre ha costado alcanzar. Nunca hay que dormirse en los laureles y menos tras grandes conquistas que por su transcendencia acumulativa y efectos sobre el Capital originan de inmediato durísimas contraofensivas militaristas, cercos y boicot implacables que utilizan todos los medios para vencer por hambre e inanición a los pueblos puestos en pie. La historia -¡siempre la historia!- ha confirmado entre muchas lecciones, estas dos: la violencia defensiva y liberadora de las masas oprimidas siempre es menor que la de los opresores y la contrarrevolución recurre de inmediato a la brutalidad más feroz, a la violencia asesina más sistemática, para aplastar las conquistas y erradicar sus lecciones, esperanzas, memoria e impronta indeleble. La praxis revolucionaria sabe que la victoria sin profundización deviene en victoria muerta que, al poco tiempo, se transforma en otra cadena más que con su peso asfixiante, refuerza la alienación y con ella, con el sinsentido que origina, reactiva los fantasmas y miedos, esa pegajosa ansiedad irracional que se vuelve a la muerte, a los dictadores, al orden opresor y a los dioses para que le rescaten de su miseria con el expeditivo método de hundirle en ella hasta el fondo.
Las tres fundamentales tareas de la praxis revolucionaria tienen un profundo y muy concreto sentido de vida. Las tres, por ello mismo, tienen radicales conexiones con el desarrollo personal y colectivo como proceso desalienador y enriquecedor. Por último, las tres dan una respuesta práctica clara y sencilla a un interrogante que siempre se queda sin respuesta por parte de las personas alienadas: ¿cómo es posible, se preguntan, que esta gente entregue su vida, se sacrifique, acepte las durezas de la militancia y sus riegos, el peligro real de ser detenido y torturado, de pasar años de cárcel, o el exilio, por no hablar de la muerte a manos de la represión? ¿qué fuerzas personales, psicológicas, éticas, políticas, nacionales, culturales, filosóficas, etc, impulsan a esta gente a tales sacrificios? ¡Y encima son ateos por lo general!, reconocen sorprendidos, perplejos y desconcertados.
En realidad, siempre los poderes establecidos han huido de la respuesta, la han satanizado o silenciado. Lo han hecho porque la respuesta es sencilla pero cargada de consecuencias y efectos sísmicos emancipadores. Desde púlpitos, cátedras, sillones inquisitoriales, periódicos y despachos de bancos y empresas, salas de banderas y mazmorras de tortura, se ha intentado cortar todo debate crítico y abierto sobre la respuesta a esas interrogantes.
El falso secreto se desvela de inmediato cuando comprendemos que el ser humano es un ser en proceso de interrogación autocrítica. Nuestra especie se caracteriza por ser la más incompleta, parcial, débil e inadaptada de todas las existentes al medio, al hábitat y ecosistema que ocupa. Para sobrevivir debe siempre preguntarse el porqué y cómo ha conseguido llegar hasta ahí, hasta las cuevas de Santimamiñe y Ekain o hasta la teoría ampliada de la relatividad. Debe también preguntarse en todo momento qué tiene que hacer para seguir existiendo y para no perecer. En suma, nuestra especie debe suplir con la pregunta y la mano, con la mano y la pregunta, sus debilidades. Todo intento de controlar, cortar o impedir la satisfacción de esa necesidad mediante la acción libre de la praxis, está condenado tarde o temprano al fracaso, a no ser que se produzca el autoexteminio parcial o global. El primero ya se ha dado y con más frecuencia de lo que se piensa; el segundo estamos al borde de lograrlo al destruir la naturaleza y destruirnos nosotros mismos con ella.
Las respuestas a esta pregunta siempre concluyen en un punto: tarde o temprano la especie, los humanos concretos, deben enfrentarse con el orden de cosas existente, orden que de perpetuarse pone el peligro su supervivencia y continuidad. Si tarda en hacerlo, si espera demasiado, si no interviene a tiempo, la sociedad se descompone y retrocede o desaparece. Ha llegado pues el momento de dar el salto. Pero ¿salto hacia donde?. Es una interrogante que produce temor y ansiedad a mucha gente alienada que se rige por el dicho de que "es mejor malo conocido que bueno por conocer". El miedo a lo desconocido, a la libertad en general, es una cadena opresora muy sólida. Y es en esos momentos, a la hora de explicar paciente y rigurosamente porqué hay que dar ese salto, hacia donde, cómo y con qué fuerzas, es entonces cuando se comprende el secreto de la praxis: una determinada parte de la humanidad oprimida, de la sociedad o colectivo históricoconcreto, sabe que es vital enfrentarse a la podredumbre; que hay que hacerlo sistemática y tenazmente; que está en juego la supervivencia colectiva; que hay que optar por una salida; que hay que liberar las fuerzas emancipadoras constreñidas y reprimidas como en una olla a presión; que hay que ofertar una alternativa, explicarla, divulgarla y ayudar a la autoorganización de las gentes.
Una característica aparece siempre en esta lucha permanente entre lo nuevo y necesario y lo viejo e innecesario: la liberación del tiempo de trabajo, su control, su reducción mediante el avance en sistemas socioeconómicos más racionales o menos irracionales, más humanos y capaces de dotar a la especie de más tiempo libre. La praxis revolucionaria es consciente de esa situación y de que el futuro depende de su logro. Existe, ¡vaya que sí existe! la ley del mínimo esfuerzo que es la primera forma esencial de rentabilización del flujo energético y de la cadena trófica que sostiene la vida en este ya podrido planeta. Y sobre la ley del mínimo esfuerzo se desarrolla luego, en las sociedades llamadas "desarrolladas", la ley de la productividad del trabajo, es decir, trabajar lo mismo en menos tiempo o en el mismo tiempo de trabajo obtener la mayor cantidad de productos, de bienes, de campos arados, de árboles frutales plantados, de sillas y camas para dormir y gozar. El salto de la situación vieja, insostenible y que desperdicia energía y felicidad humana a otra nueva, consiste en eso, en derrumbar los obstáculos que impiden el aumento del tiempo propio.
Pero una minoría se apropia del producto de una mayoría; se enriquece a su costa y en base a la superioridad de instrumentos de terror y de violencia, de alienación y empobrecimiento moral, convence por las buenas, con mentiras y mitos falsos, u obliga por las malas, con hambre o con látigos y ametralladoras, a la mayoría a que trabaje para ella. Y lógicamente, inevitablemente por lo arriba descrito sobre la peculiaridad autocrítica de nuestra especie, tarde o temprano pero siempre, surgen y resurgen personas que se preguntan lo que aquél poeta popular: ¿si de mis manos sale todo porqué no tengo nada?. Y esa persona nunca está sola sino que siempre está acompañada por otras que se hacen la misma pregunta. Probablemente serán pocos al principio, pero si saben organizarse, decir lo que piensan y desean, enseñar con la acción a los demás cómo resistir y mostrar que es posible luchar y vences, si además se organizan entre ellos de modo que resistan los zarpazos y mordiscos represivos, si lo logran, serán más y más hasta que llegue el momento no deseado pero imposible de evitar: frente a ellos, contra ellos y contra su futuro, aparecen las fuerzas represivas del poder opresor. Y entonces es llegado el momento crucial que cualifica, da sentido, enaltece y dignifica a nuestra especie: o salta al cuello del opresor antes de que este le asesine o no sirve de nada todo su esfuerzo.
Es en esos momentos cuando aparece el pleno sentido emancipador de la violencia defensiva, el fracaso histórico de todos los pacifismos, la fuerza de la ética, el sentido de la vida responsable de sí y no alienada por el miedo a una muerte carente de sentido. La minoría opresora, la que se apropia de los productos sociales, se resiste siempre a la justa demanda popular. La historia no registra ninguna resolución pacífica y no violenta de esa contradicción. Siempre la humanidad ha tenido que recurrir a formas violencia emancipadora para desbloquear esa situación. Según los contextos y las circunstancias, la violencia emancipadora ha ido más o menos interrelacionada con formas de presión pacíficas, no violentas, de autodefensa activa, etc. Siempre ha existido esa dialéctica, esa interrelación de todas las formas e instrumentos de emancipación. Pero siempre ha llegado el momento en el que la humanidad oprimida ha tenido que endurecer su intervención como respuesta necesaria e ineludible ante la creciente brutalidad sanguinaria de los opresores. En ese proceso ascendente de resistencia, tensión y violencia, entonces, se enriquecen las normas éticas, los principios morales, los sentimientos humanos. No se quiere la violencia pero no hay otra opción que recurrir a las dosis imprescindibles de ella. El sentido de la vida militante, de la libertad práctica individual y colectiva, del desarrollo personal, es inseparable de ese contexto histórico en movimiento. La vivencia de la muerte, la asunción del dolor propio y ajeno, del sacrificio y de la renuncia, son inseparables de las razones conscientes, emotivas y afectivas que nacen de causas y circunstancias históricas insostenibles.
Hemos presentado de manera voluntariamente simplificada y resumida al extremo el proceso permanente con saltos, acelerones y paradas, que desde hace más de 25 siglos se libra en Occidente, y que también existe a escala mundial. Dentro de él se integran las opresiones nacionales ya que pueblos enteros son explotados como "clases nacionales" para aumentar las riquezas de poderes extranjeros o de Estados vecinos que les han invadido y ocupado. También están dentro las explotaciones de la fuerza de trabajo emigrante, de los millones de exilados forzosos por hambre y miseria. En otro nivel más estructural y definitorio del proceso está la opresión de la mujer. No podemos extendernos ahora sobre ninguno de ellos, pero siempre, tarde o temprano, terminan por ponerse en pie y por sumarse a la liberación global, empujándola activamente.
Estas y no otras son las razones que explican la praxis revolucionaria. Son muy sencilla y fáciles de entender. Se han practicado muchísimas veces y se seguirán practicando. Contra ellas no han servido las amenazas del infierno, de la condenación eterna, del juicio final. La historia confirma el fracaso de dios, aunque los poderes terrenales lo mantienen vivo en la UVI como mantuvieron entubado al asesino Franco, al que la Iglesia reconoció y bendijo oficialmente como "Caudillo de España por la gracia de Dios" lema impreso en monedas aun circulantes. Realmente una gracia perversa, sádica y cruel; tanto más cuanto que estaba impresa en las monedas del régimen y en las paredes de sus catedrales. Todos los símbolos de la alienación y deshumanización de nuestra especie se materializaban de esa forma tan salvaje, impúdica y descarnada. Ahora se mantiene el mismo mecanismo pero con otros medios más adecuados. Contra esa alienación se levanta altiva, orgullosa e insolente la praxis revolucionaria que lucha para asegurar la vida a costa de llevar la muerte a la sepultura del museo histórico. No hay más secreto.